Adriana es una mujer de 34 años, ha vivido siempre en Zacatecas y le gusta salir a correr en las mañanas. Hace dos años interrumpió su rutina porque durante un par de semanas un auto la seguía mientras corría: “Dejé de correr, pero me quedé con el miedo”, relata. Cuando era adolescente la mayor preocupación de Adriana era perder el último autobús a casa: “El problema era la caminata, pero era seguro que llegabas… Hoy en día las morras, sencillamente, no regresan y cuando dejas a tus amigas tu pensamiento siempre es, ojalá llegues […]. En mi época el límite para regresar a casa eran las 10 de la noche, por el camión, hoy son las 6.30 de la tarde. Después de esa hora estás a tu suerte y eso se siente en tu pecho, porque vas pensando, quiero llegar, no quiero desaparecer”.

Ante esta percepción de violencia generalizada contra las mujeres y la persistencia de discursos que las culpabilizan, muchas mujeres en el país han transformado de manera radical su forma de habitar el espacio público. Irse de pinta de la escuela, salir con sus amistades, actividades que eran normales para las adolescentes hace 20 años, hoy en día significan exponerse al riesgo de ser desaparecida, violada o asesinada. Las mujeres jóvenes en México cada vez se ven más obligadas a renunciar a su autonomía para conservar la vida.
Los datos así lo muestran: 73.1 % de las mexicanas se sienten inseguras en la calle; 59.6 % se sienten inseguras en la vía pública; 73 % en el transporte público, y 66 % en la carretera. El 49.7 % de las mujeres en México ha vivido violencia sexual en un momento de su vida y el 34.7 % ha vivido algún tipo de violencia física. Sólo durante 2021, 23.3 % de las mexicanas vivieron violencia sexual y 10.2 % algún tipo de violencia física. Las mujeres con estudios universitarios son quienes enfrentan prevalencias más altas de violencia en el país.
Además, mientras que en 2021 la cantidad de hombres que fueron asesinados disminuyó 3 % en comparación con el año inmediato anterior, la de mujeres aumentó 2 %. Entre enero y octubre de 2022, en promedio, dos muertes violentas de mujeres comenzaron a ser investigadas como feminicidio cada día. Por otro lado, entre 2020 y 2021 la cantidad de mujeres desaparecidas y no localizadas incrementó en 28 %, y si comparamos los registros de 2007 con los de 2021, la cantidad de mujeres que no han regresado a casa por ser desaparecidas es quince veces mayor.
Aunque estas realidades no son ajenas a otros estados de la República, Zacatecas puede considerarse como un caso extremo. Durante 2021 fueron asesinadas diariamente cuatro personas en promedio, otras dos desaparecieron y cada mes se inició una carpeta de investigación por feminicidio. No sorprende que uno de los mecanismos de adaptación de las mujeres sea estar en compañía de varones: “Estar en compañía de un hombre me hace sentir más segura, aunque a veces ya no sé qué hacer porque mi amigo que me acompaña también ha sentido miedo de regresar solo”, cuenta Andrea, universitaria Zacatecana de 20 años quien dice nunca salir sola de casa por el temor a desaparecer. Dados los procesos de socialización diferenciados entre hombres y mujeres, el género es el factor que más influye en el miedo a ser víctima de algún crimen.1
Frente a la abyecta y reiterativa violencia que vive el país desde 2006, perder la autonomía o vivir con miedo a desaparecer pareciera algo menor, sin importancia y, por lo tanto, algo de lo que no se habla. Si en 2022, en promedio, fueron asesinadas ochenta y cinco personas al día, ¿tiene sentido explorar cómo el horror nos interpela a quienes seguimos vivas?
Mamá, mi plan siempre va a ser volver
Para analizar la forma en que la violencia criminal ha trastocado la vida de las mujeres en Zacatecas, durante 2022 convocamos a mujeres jóvenes a círculos de diálogo o talleres.2 Queríamos explorar cómo las mujeres narran la violencia criminal que viven en sus ciudades y el impacto que ello ha tenido en su relación con la ciudad, el espacio público y sus activismos.
El primer dato que nos sobresaltó fue que siete de cada diez participantes conocían a una mujer a la que habían desaparecido, secuestrado o asesinado: mejores amigas, compañeras de escuela, hijas, hermanas o vecinas. Este evento marcó un punto de quiebre en las biografías de las participantes.
Pilar, estudiante universitaria zacatecana de 23 años:
A mi mejor amiga la levantaron […]. Salió a hacer unas compras al centro y no llegó. Me preguntaron mucho si sabía algo porque andábamos juntas siempre […]. Me sentí sospechosa, como que tenía que saber algo […]. Al mes, me llegó a la casa un paquete, era su brazo. Lo reconocí porque tenía un tatuaje […]. Yo estuve en shock como una semana, no podía comer, ni dormir […] sólo pensaba quién podía haberle hecho algo así a L. y por qué me habrían enviado su brazo. Los vecinos murmuraban que andábamos en malos pasos, pero la verdad es que sólo nos gustaba la fiesta, no andábamos en nada[…]. Era horrible lidiar, además de todo, con los chismes […]. Mis papás me mandaron unos meses con una tía. Allá me intenté suicidar y entonces me regresaron…
A la depresión, los ataques de pánico, el abandono de la escuela y el desplazamiento interno, se sumó la imposibilidad de hablar del asesinato de su amiga/hermana/prima/vecina para no incomodar, para no aumentar el dolor; entonces devino una experiencia de aislamiento, vulnerabilidad e indefensión profundas. Aun cuando los eventos violentos contra mujeres se presenten en los espacios institucionales, no suelen implementarse estrategias para mitigar su impacto en la salud mental. El silencio se impone.
Sofía, estudiante universitaria zacatecana de 21 años:
En 2019 asesinaron a una compañera de la facultad, aquí mismo en la universidad. Yo estaba en clase […]. Fue horrible. Después de eso la universidad ni siquiera se pronunció[…]. Aquí es como hacer de cuenta que no pasa nada. Era mi amiga y fue difícil seguir viniendo, pasar por las escaleras donde estaba aún estaba su sangre […]. Todavía ahora me cuesta pasar por ahí.
La constante exposición a la violencia ha llevado a las mujeres que participaron en los talleres a incorporar en su cotidianidad la posibilidad de ser las próximas víctimas, de modo que la contingencia de “ser levantada” hace parte de sus conversaciones con amigas, como una manera de prepararse para lo inevitable: “Yo le he dicho a mi mamá que mi plan siempre va a ser volver a casa”, nos dijo una de las asistentes al taller que apenas y pasaba la mayoría de edad. Otra de las asistentes compartió cómo le sorprendía lo común que era hablar con su vecina acerca de que, si un día no vuelve a casa, no sería porque ella así lo decidiera. Esta necesidad de reafirmar los planes de regresar, probablemente, se relaciona con el estigma acerca de las mujeres reportadas como desaparecidas y las respuestas de “seguro se fue con el novio” o “anda con malas compañías” por parte de las instituciones encargadas de su localización.
En este contexto de violencia extrema contra las mujeres, también han fortalecido sus vínculos como una forma de resistencia y empoderamiento. Todas las participantes comparten con sus amigas su ubicación y los viajes en aplicación e informan si llegaron a casa; algunas tienen protocolos de actuación en caso de que no sepan de ellas en doce horas; y otras participan en círculos de autodefensa y cuidado personal. Ya sea de forma individual o como parte de organizaciones del movimiento feminista, muchas han decidido salir a las calles a exigir justicia por las que ya no están. La Marcha del 8M de Zacatecas, por ejemplo, fue una de las más concurridas en 2022, lo que denota cómo las mujeres no se resignan a estar encerradas en sus casas, viviendo presas del miedo bajo el tutelaje masculino: “Lo esperanzador —expresa Mónica, activista feminista de Zacatecas— es que cada vez somos más, cada vez hay más chavitas que se acercan al movimiento, que quieren saber más, que tienen esa rabia en sus ojos, esa chispa”. Mientras haya rabia, habrá esperanza, concluye.
Sabemos que la violencia, en mayúscula, esa que se refleja en homicidios y desapariciones, es parte de la cotidianidad nacional. Sin embargo, es importante entender cómo esa violencia y el miedo que genera ha reconfigurado la vida de las mujeres y cómo ha paralizado su autonomía, orillándolas a afrontarla por medio de estrategias de seguridad y evitación. Estudiar estas otras violencias contribuye a la búsqueda de estrategias de empoderamiento y facilita la búsqueda de alternativas que nos permitan salir de este tobogán de horror del que, desde al menos dieciséis años, no nos hemos podido bajar.
Sara Velazquez Moreno
Programa de Política de Drogas, CIDE Región Centro
Angélica Ospina Escobar
Gender Fellow, International Crisis Group; Cátedra Conacyt asignada al Programa de Política de Drogas, CIDE Región Centro
1 Lane, J. “Theoretical explanations for gender differences in fear of crime”, en Routledge International Handbook of Crime and Gender Studies, C. M. Renzetti, S. L. Miller, y A. R. Gover (eds.), Routledge, 2013, pp. 57–72.
2 Los talleres fueron diseñados en el marco de un estudio de International Crisis Group sobre mujeres y violencia criminal en México. Los resultados serán publicados en diferentes reportes disponibles aquí.
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Velazquez Moreno, S. & Ospina Escobar, A. (2023, 28 febrero). No quiero desaparecer. nexos. Recuperado el 25 de February de 2026 de https://seguridad.nexos.com.mx/no-quiero-desaparecer/
Velazquez Moreno, Sara, y Angélica Ospina Escobar. “No quiero desaparecer.” nexos, febrero 28, 2023. https://seguridad.nexos.com.mx/no-quiero-desaparecer/
VELAZQUEZ MORENO, Sara y OSPINA ESCOBAR, Angélica. No quiero desaparecer. nexos [en línea]. 28 febrero 2023. [Consulta: 25 February 2026]. Disponible en: https://seguridad.nexos.com.mx/no-quiero-desaparecer/
Velazquez Moreno, Sara, y Angélica Ospina Escobar. “No quiero desaparecer.” nexos. 28 Feb. 2023, https://seguridad.nexos.com.mx/no-quiero-desaparecer/.