Analizar la violencia homicida mediante la etnografía no es cosa menor. Cualquier trabajo de esta índole impacta en una sociedad-audiencia, al tiempo que tiene implicaciones para el diseño e implementación de políticas públicas orientadas a reducir la violencia en México.1 Por ello, el propósito del presente artículo es realizar una crítica a la forma en que la etnografía ha representado la violencia —específicamente la homicida— en nuestro país.
En 2019, la revista académica Ethnography publicó el número “Ethnographies and/of Violence in Latin America and the Caribbean”.2 Este esfuerzo, coordinado por Gareth Jones y Dennis Rodgers, contó con la colaboración de Ben Penglase, Rivke Jaffe, Katherine Saunders-Hastings, entre otras personas. El objetivo de dicho número fue reflexionar sobre cómo estos autores han abordado en sus investigaciones etnográficas la relación entre el enfoque metodológico escogido —e. g. diseño de la investigación, estrategias, técnicas—, la sustancia del material recopilado y las representaciones de la violencia que se sintieron capaces u obligados a trazar.3 Con base en este texto, se desarrollarán brevemente tres características —invisibilización, sensacionalización y dogmatismo— que componen lo que en este artículo se denomina “el culto a la guerra criminal”.

Invisibilización
Llama la atención que algunos colegas que han realizado trabajo etnográfico sigan refiriéndose a la violencia homicida en México como “una guerra cotidiana”, o “un alto conflicto” entre grupos criminales. Al respecto, desde hace tiempo Stathis Kalyvas señaló las limitaciones de centrarnos en “guerras”, “guerras civiles” o cualquier metanarrativa del estilo: “Lo que a nivel macro aparenta ser violencia [étnica o sectaria], podría ser motivada, cuando se analizan los datos finos, por la disputa entre individuos, vecindarios o aldeas que adoptan una ‘macroescisión’ como una cobertura conveniente. […] Las guerras civiles, en otras palabras, no sólo politizan la violencia; también la privatizan”.4
Para el contexto mexicano, algunas voces han hecho repetidos llamados a trascender narrativas narcocéntricas como la llamada “guerra contra las drogas” o las “guerras criminales” y, en cambio, penetrar en las microdinámicas de la violencia desde lo local. Consideremos, por ejemplo, la violencia asociada a los 135 conflictos socioambientales que actualmente existen en México entre comunidades y megaproyectos de desarrollo por la tenencia de la tierra, la exploración de yacimientos mineros, la gestión del agua y la explotación de recursos forestales. En todo este coctel de conflictividad social, ¿qué rol juega el crimen organizado?
También convendría hacernos la misma pregunta para aquel actor político que busca deshacerse de su competencia en las próximas elecciones; una empresa transnacional a la que le incómoda un grupo ambientalista; un sindicato que quiere intimidar a una periodista; un terrateniente que quiere comprarle la milpa a un pequeño productor reticente; o un concesionario de taxis cuyos intereses se ven afectados porque la autoridad vial quiere regularizar el padrón vehicular. ¿Qué rol juega el crimen organizado en estos entramados de intereses privados y violencia?
A reserva de proponer una respuesta en la parte de dogmatismo, conviene señalar la importancia de considerar el mosaico de actores lícitos e ilícitos, nacionales e internacionales —e. g. empresas multinacionales, ejidatarios, gobiernos estatales, normales, autodefensas, partidos políticos, sindicatos, guerrillas—, que también han contribuido al escalamiento de la violencia y la fragmentación del tejido social en múltiples localidades del país.
Invisibilizar otras expresiones, ciclos y fuentes de violencia tiene como contraparte sensacionalizar una violencia específica —generalmente la más espectacular. Más aún, sensacionalizar la violencia criminal conlleva a lo que Jaffe llama “violencia epistémica”; es decir, cuando la etnografía se convierte, o directamente reproduce, una manera de conocer gente y lugares a través de la violencia, al mismo tiempo que prácticamente se excluyen otros temas de la vida cotidiana.5
Sensacionalización
La forma cómo el culto a la guerra criminal aborda la violencia homicida en México tiene un efecto doble, en apariencia contradictorio. Por una parte se sensacionaliza y, por el otro, se estigmatiza. Según Jones y Rodgers, Philippe Bourgois llamaría a esta dicotomía la “pornografía de la violencia”.
Es entendible que desfiles cuasimilitares, balaceras campales con cuernos de chivo, tácticas de insurgencia o terrorismo y estados constantes de emergencia, resulten llamativos tanto para el académico en campo, los medios de información y la opinión pública en general. No obstante, la sensacionalización arroja pocas claves para entender las lógicas de la violencia homicida en nuestro país, sobre todo con un submundo criminal en constante cambio, caracterizado por su creciente fragmentación, diversificación y una concentración territorial de la violencia letal.
Por otra parte, esta forma de representar la violencia estigmatiza a una comunidad. Penglase hace una crítica a la noción de “estados de emergencia permanentes”, incluso en ambientes de alta violencia homicida como puede ser una favela en Río de Janeiro. De hecho, el autor reconoce que la mayoría de los días están repletos de formas más banales, mundanas y cotidianas de violencia, que apenas merecen mención en el cuaderno de notas: la falta de servicios públicos, los conflictos entre vecinos, los abusos de las autoridades, la violencia intrafamiliar, o la impunidad, por mencionar algunos temas. “Entender los componentes temporales y afectivos de la privación”, considera Penglase, “es esencial para transmitir cómo las personas […] experimentan múltiples formas de violencia”.6
Dogmatismo
Entonces, ¿qué rol juega el crimen organizado en los múltiples entramados de intereses privados y ciclos de violencia en México?
Sin duda, los grupos delictivos desempeñan un rol político en sus comunidades porque consiguen, concentran o ejercen el poder. Pero no sólo eso. Desempeñan un rol político en la medida que forman parte del engranaje de otros actores para conseguir, concentrar y ejercer poder. Concretamente, repetidos brotes de violencia en diversas regiones de México podrían ser atribuibles a un conflicto histórico local por el acceso a la tierra, la hegemonía económica y el poder político.
Este giro epistemológico desmitifica un sometimiento de todos los actores presentes en una localidad a los grupos delictivos de manera sutil. Conviene cuestionar este dogma cuyas propuestas teóricas más radicales clasifican al crimen organizado como una “insurgencia criminal” o “narcoterrorismo”. Cuestionarlo adquiere todavía más relevancia en el contexto de una fragmentación criminal sin precedente. Sorprende, pues, que los planteamientos del culto a la guerra criminal asuman como políticamente neutros a los sistemas sociales donde los grupos delictivos operan. Como consecuencia, se soslaya que estos sistemas son políticamente complejos en tanto las relaciones —y tensiones— entre diversos actores se manifiestan en la búsqueda constante por el poder.
Para finalizar, no hay nada tallado en piedra sobre la violencia homicida en México; de ahí que sea fundamental debatir sobre el tema. Resulta prioritario, no obstante, superar la invisibilización, la sensacionalización y el dogmatismo que componen lo que en este artículo se ha llamado “el culto a la guerra criminal”. De lo contrario, las representaciones de la(s) violencia(s) en México seguirán debiéndole a millones que la padecen directa o indirectamente. Y, de paso, la etnografía no cumplirá con su razón de ser: traer temas difíciles a la esfera pública e incidir en el diseño de políticas públicas, más allá de las estridencias narrativas que la violencia homicida despierta.
Fausto Carbajal Glass
Consultor en riesgo político y seguridad
1 Schneider, A., y Ingram, H., “Social Construction of Target Populations: Implications for Politics and Policy”, The American Political Science Review, 87(2), 1993.
2 Existe una versión resumida del número especial: Rodgers, D. y Jones, G. A., “Ethnography and Violence”, Urban Violence Research Network, 2019.
3 Jones G. A. y Rodgers, D., “Ethnographies and/of violence”, Ethnography,20(3), 2019, pp. 308.
4 Kalyvas, S., “How Civil Wars Help Explain Organized Crime—and How They Do Not”, Journal of Conflict Resolution, 59(8), 2015, pp. 1532.
5 Jaffe, R., “Writing around violence: Representing organized crime in Kingston, Jamaica”, Ethnography, 20(3), 2019, pp. 3.
6 Penglase, R. B., “Tubarao and Seu Lázaro’s dog: Spectacular and banal violence in a Brazilian favela”, Ethnography, 20(3), 2019, pp. 410.
Cita esta publicación
Carbajal Glass, F. (2022, 13 septiembre). El “culto a la guerra criminal”: una crítica. nexos. Recuperado el 17 de March de 2026 de https://seguridad.nexos.com.mx/el-culto-a-la-guerra-criminal-una-critica/
Carbajal Glass, Fausto. “El “culto a la guerra criminal”: una crítica.” nexos, septiembre 13, 2022. https://seguridad.nexos.com.mx/el-culto-a-la-guerra-criminal-una-critica/
CARBAJAL GLASS, Fausto. El “culto a la guerra criminal”: una crítica. nexos [en línea]. 13 septiembre 2022. [Consulta: 17 March 2026]. Disponible en: https://seguridad.nexos.com.mx/el-culto-a-la-guerra-criminal-una-critica/
Carbajal Glass, Fausto. “El “culto a la guerra criminal”: una crítica.” nexos. 13 Sep. 2022, https://seguridad.nexos.com.mx/el-culto-a-la-guerra-criminal-una-critica/.