En México, las mujeres han estado vinculadas al crimen organizado desde principios del siglo XX. Imágenes icónicas de Lola la Chata, La Nacha o Graciela Olmos forman parte de esta historia narcótica. Sin embargo, el imaginario popular sigue pensando el mundo criminal como un medio exclusivamente de varones donde se suele concebir a las mujeres solamente como víctimas de los grupos criminales o de sus parejas.
Conocer las motivaciones que llevan a algunas mujeres a involucrarse activamente en los grupos criminales es fundamental para desarrollar programas efectivos de prevención de reclutamiento, desmovilización y reintegración social con perspectiva de género. Para ello, Crisis Group realizó entrevistas y talleres con más de setenta mujeres vinculadas o acusadas de pertenecer a organizaciones criminales.

Encontramos que el reclutamiento es con frecuencia un proceso paulatino, que va sucediendo de manera natural a medida que las mujeres se familiarizan con miembros del grupo criminal y entran en sus redes de confianza. Al igual que en el caso de los varones, el reclutamiento de mujeres tiene lugar principalmente entre los doce y quince años. Las escuelas y los espacios de consumo de sustancias fueron los principales escenarios donde las participantes se conectaron con los grupos, seguido por las parejas sentimentales. En algunos casos, la precariedad económica incentivó la participación en las actividades ilícitas, pero para la mayoría, el principal factor que las enganchó con los grupos fue el deseo de sentir pertenencia y protección, de ser escuchadas, reconocidas y valoradas. En otros casos, fue la necesidad de protección en un entorno violento contra las mujeres y el deseo de venganza ante una situación de violencia sexual o de pareja.
Una de las participantes, originaria de Tijuana, mencionó:
Yo soy de la Sánchez Boada y desde muy morrilla entendí que tienes de dos, o te haces cabrona o te lleva la chingada y no es así como que digas “ay voy a ser malandra”, pero te das cuenta que no puedes andar en la pendeja, que si quieres vivir tienes que saber cómo defenderte y saber con quién te juntas y una cosa lleva a la otra y terminas así…
La violencia contra las mujeres, tan prevalente en México, es sin duda un motor que las lleva a la criminalidad. La mayoría de las mujeres participantes en el estudio reportaron experiencias de violencia sexual o violencia de pareja antes de iniciar su trayectoria criminal; sin embargo, ninguna de ellas puso una denuncia formal ni tuvo algún tipo de acompañamiento familiar o institucional. En este contexto, los grupos criminales aparecen en los relatos de las jóvenes como espacios de escucha y respaldo, que ofrecen refugio, protección, ingresos y venganza.
Estos beneficios que ofrecen los grupos criminales a las mujeres entrevistadas son un favor condicionado por el cual terminan pagando un alto precio. Una vez que se ha castigado a los agresores, o después de que se les haya provisto con hospedaje, dinero y comida, se instaura una suerte de pacto entre las mujeres y el grupo criminal que, en los casos recopilados por Crisis Group, supuso la vinculación formal con el mundo criminal.
Las historias varían un poco más cuando hablamos con mujeres que llegaron al crimen organizado gracias a los contactos de sus parejas. Mientras que algunas se unieron de manera voluntaria, otras fueron coaccionadas. Las mujeres más jóvenes con las que conversamos romantizaban el mundo criminal encarnado en la figura de su pareja, mayor que ellas. La ausencia de redes sociales por fuera del mundo familiar, además del deseo de valoración y pertenencia, conjugaron un contexto fértil para que las jóvenes incurrieran en actividades criminales. Es el caso de “Caro”, que trabajó como sicaria para un grupo criminal entre los dieciséis y los veinte años, y quien nos comentó:
Yo empecé por mi pareja. Lo conocí en la secundaria, él era amigo de compañeros y les pidió a ellos mi número y eso me gustó […]. Siempre supe lo que hacía y nunca sentí miedo. Me gustaba que me buscara, que me llevara a patrullar por la sierra en su troca, me hacía sentir especial […]. Al principio sólo lo apoyaba en los jales, cobrar, llevar cosas de un lugar a otro, eran más que nada paros que le hacía. Después lo acompañaba a eliminar contras, ayudaba a distraerlos o a levantarlos y después ya hacía todo el jale yo misma. Ahí fue cuando me empezaron a pagar.
En otros casos, el grupo criminal amenazó a las mujeres para que accedieran a ser parte de sus filas tras la muerte o el encarcelamiento de la pareja, presionándolas para que suplieran el papel que éste ocupaba en la organización. Este es el caso de “Moni”, quien se encuentra en espera de sentencia en una prisión del norte del país.
Empecé porque el papá de mis hijos cayó a la cárcel y el don me dijo que les debía dinero y entonces yo tenía que responder por sus deudas. Yo no quería al principio, pero el don me dijo que, si no cooperaba, yo iba a pagar y me dio mucho miedo, tenía a mis dos hijos chiquitos. Me dijo que era sólo hasta que pagara lo que debía, según esto 10 000 pesos, pero nunca me dejaron salir, siempre eran amenazas y pues cuando ya les dije que no quería seguir con esto porque ya mis hijos estaban grandes y se daban cuenta de todo y no quería esa vida para ellos, fue cuando terminé en la cárcel, ellos mismos me mandaron.
La principal motivación para salirse del grupo es proteger a los hijos del mundo criminal. Precisamente por eso, los hijos son usados con frecuencia por los criminales para extorsionarlas y obligarlas a permanecer. Para la mayoría de las mujeres con las que hablamos, la cárcel es la principal puerta de salida de los grupos criminales. Una vez que llegan a prisión, la mayoría son descartadas por el grupo. Aunque el abandono por parte de los grupos de crimen organizado quiere decir que las reclusas pueden reorientar sus trayectorias de vida, el estigma asociado a su pasado criminal, la erosión de sus redes sociales, y la escasez de programas educativos y laborales en prisión son factores que empujan a las mujeres a reincidir en la vida criminal. “Andrea”, de 25 años, lo cuenta así:
Cuando salí sí quería un empleo y andar por la derecha. Pensaba que tenía como otra oportunidad, pero la verdad es que afuera nadie te da una oportunidad si saben de tu pasado, de lo que hiciste. Entonces en primera les dije que no, que no ocupaba jale, pero ya después de dos meses sin trabajo, cuando me volvieron a preguntar, sí lo tomé.
A quienes son consideradas valiosas para el grupo criminal, las organizaciones criminales les ofrecen acceso a abogados y a los recursos necesarios para acortar su tiempo en prisión, protección mientras están en la cárcel y dinero para seguir proveyendo a sus familias. Ellas son conscientes de que estos apoyos no son desinteresados. “Lucero” menciona:
Es un callejón sin salida, estás entre la espada y la pared porque sabes que ellos no te van a hacer un favor sin pedir tu alma a cambio, pero también sabes que sin el apoyo de ellos te pudres en la cárcel y, lo que es peor, tu familia sufre.
Una de las principales consecuencias que encontramos de la creciente participación de las mujeres en los grupos criminales es una repetición intergeneracional de vínculos con el crimen. Las hijas e hijos de estas mujeres son presionados por los grupos criminales a que se unan a sus filas, en ocasiones deificando la figura de sus madres y sus experiencias dentro de la organización. El impacto para aquellos cuyas mamás han sido detenidas o asesinadas es de múltiples niveles. Normalmente no tienen redes de apoyo adulto que los ayude a procesar la pérdida de su cuidadora principal, ni recursos económicos para garantizar que tengan acceso a servicios básicos. Adicionalmente, estos menores enfrentan estigma y discriminación en sus familias y comunidades por la vida criminal de sus madres, lo que con frecuencia resulta en problemas de comportamiento, que a su vez aumentan la discriminación en contra de ellos. Los adultos que están en posición de ayudar a los menores son con frecuencia negligentes, y los pequeños se aíslan aún más. En estas condiciones, nuevamente los grupos criminales aparecen como benefactores, repitiendo la historia de sus madres.
Para evitar que las mujeres se enlisten en grupos delictivos, y animar a las que están involucradas en ellos a abandonarlos, es necesario comprender mejor los procesos de reclutamiento y los retos a los que se enfrentan cuando intentan establecer una vida fuera de la delincuencia. Impulsar programas de desmovilización en centros de tratamiento para adicciones y en prisiones debe ser una prioridad. Para tener éxito, los proyectos deben estar en sintonía con las condiciones del mercado laboral local y ofrecer un apoyo integral a las mujeres que incluya acompañamiento psicosocial, además de capacitación para el trabajo y financiamiento de proyectos productivos.
Angélica Ospina Escobar
Gender Fellow, International Crisis Group; Cátedra Conacyt y colaboradora del Programa de Política de Drogas
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Ospina Escobar, A. (2023, 5 diciembre). Entrar y salir del mundo criminal. Historias de mujeres vinculadas al crimen organizado. nexos. Recuperado el 24 de February de 2026 de https://seguridad.nexos.com.mx/entrar-y-salir-del-mundo-criminal-historias-de-mujeres-vinculadas-al-crimen-organizado/
Ospina Escobar, Angélica. “Entrar y salir del mundo criminal. Historias de mujeres vinculadas al crimen organizado.” nexos, diciembre 5, 2023. https://seguridad.nexos.com.mx/entrar-y-salir-del-mundo-criminal-historias-de-mujeres-vinculadas-al-crimen-organizado/
OSPINA ESCOBAR, Angélica. Entrar y salir del mundo criminal. Historias de mujeres vinculadas al crimen organizado. nexos [en línea]. 5 diciembre 2023. [Consulta: 24 February 2026]. Disponible en: https://seguridad.nexos.com.mx/entrar-y-salir-del-mundo-criminal-historias-de-mujeres-vinculadas-al-crimen-organizado/
Ospina Escobar, Angélica. “Entrar y salir del mundo criminal. Historias de mujeres vinculadas al crimen organizado.” nexos. 5 Dic. 2023, https://seguridad.nexos.com.mx/entrar-y-salir-del-mundo-criminal-historias-de-mujeres-vinculadas-al-crimen-organizado/.