septiembre 11, 2017

Se busca política criminológica en México

A partir del 2006, los homicidios dolosos en México se incrementaron vertiginosamente y tuvo como consecuencia un impacto negativo en la percepción de inseguridad de sus habitantes. Paralelo a ello, los estudios e interpretaciones de la violencia homicida se realizaron mayoritariamente de forma genérica sin precisar sus características.

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septiembre 4, 2017

México, enfermo crónico de violencia homicida

El sexenio de Enrique Peña Nieto comienza su último año sin saber qué hacer con el homicidio vinculado a delitos federales, como si fuera un problema que se arreglará por sí solo.

En su mensaje por el Quinto Informe de Gobierno, el presidente dejó ver que la investigación y resolución del homicidio presuntamente relacionado con la delincuencia organizada en México es un área gris, responsabilidad de nadie. Ante un escenario en el que simplemente no podía salir bien librado –como tampoco las autoridades de los otros niveles de gobierno– optó por sacar un truco del sombrero de mago.

Peña afirmó que “Hoy, una parte significativa de los homicidios no está relacionada con el crimen organizado, sino con delitos del fuero común, aquellos que son responsabilidad de los estados y municipios”. El primer problema es que el Presidente utilizó información –generada por el CISEN– que no es pública y que resulta de una presunción, porque la categoría no se basa en la resolución de un juez. Seguramente por eso esta información no aparece en el anexo estadístico del Quinto informe.

El segundo problema es que de su declaración se desprende que aquellos homicidios relacionados con el crimen organizado son, usando sus palabras, “responsabilidad” de la federación. Sin embargo, la Procuraduría General de la República no los atrae. ¿A qué se refiere entonces el Presidente Peña cuando habla de responsabilidad? La PGR ha iniciado un total de 107 investigaciones1 por el delito de homicidio de diciembre de 2012 a junio de 2017 de acuerdo con la respuesta a una solicitud de información pública.2 La cifra alcanza apenas uno por ciento de las averiguaciones previas iniciadas  por homicidio doloso en el mismo periodo a nivel nacional, y no necesariamente están relacionados con el crimen organizado.

La lógica es la siguiente: alguien que se presume relacionado con el narcotráfico y anexos no merece la atención del Estado para llevar ante la justicia a los responsables de su homicidio. Esta decisión política transexenal de facto ha abaratado el homicidio a los niveles que vemos hoy. Matar es gratis si el Estado considera a la víctima una no-víctima; un ciudadano de tercera.

Esta área gris de responsabilidad permea en todos los niveles de gobierno. Incluso Evodio Velázquez, alcalde de una de las ciudades más violentas del país en los últimos años, Acapulco, Guerrero, ha declarado que le corresponde a la federación investigar estos asesinatos. En otras palabras, que a él no lo molesten con este tema. Y si bien los municipios no tienen atribuciones para investigar delitos, sí pueden implementar acciones para atender las causas de raíz de este delito.

El problema de que esta sea una mentalidad ampliamente difundida es que el enfermo crónico de violencia homicida llamado México superará este año a 2011, el que había sido el más mortífero de nuestra más reciente crisis de seguridad. Y todo esto ocurrirá sin que una sola autoridad de cualquier nivel de gobierno haya desarrollado en todo este tiempo una estrategia contra el homicidio por vías que no se limiten a la reacción policial. Como un enfermo en crisis que miran de reojo los médicos de turno, sin que sepan a cuál de ellos le toca atenderlo.

Pero el gobierno federal anunció en agosto de 2016 una “Estrategia integral de atención prioritaria a municipios que concentran el mayor número de homicidios dolosos”, se dirá. Esa película, sin embargo, ya la vimos por años. Es prácticamente imposible reducir el homicidio de manera sostenible únicamente mediante el despliegue de fuerzas policiales federales para la reacción, aún en coordinación con las estatales, y estas fueron las únicas acciones inmediatas de la estrategia.

Como si fuera momento de llevárselo con calma, las llamadas acciones “progresivas” de la estrategia fueron las de prevención y las de fortalecimiento de las instituciones de seguridad y procuración de justicia. Como no existe hasta el momento un reporte de éstas acciones implementadas específicamente para controlar y reducir el homicidio, no hay elementos para pensar que las acciones “progresivas” se han llevado a cabo.

La reforma de seguridad pública, que toca el tema de desarrollo y certificación de capacidades policiales estatales y municipales, está desde 2016 congelada en la Cámara de Diputados. Si creemos que la policía le ha fallado al país, en los hechos, la clase política no se cansa de fallarle a las policías y con ello, a toda la población afectada por la inseguridad.

Aunque el presidente responsabilizó, acertadamente, en su Informe de Gobierno a los gobiernos locales de atender una parte de la violencia, su demanda se desvirtúa cuando no recurre al mismo ímpetu para definir al responsable de atender aquellos vinculados a delitos federales. Si Peña no lo tiene claro, ¿quién sí en los estados y municipios?

Un México donde se mata sin consecuencias no es un México en paz.

 

Lilian Chapa Koloffon es editora de este blog. Especialista en políticas de seguridad y prevención del delito.


1 Total de averiguaciones previas del sistema de justicia anterior y carpetas de investigación del nuevo.

2 Folio 0001700215317.

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julio 31, 2017

Radiografía de los narcobloqueos en México

Los bloqueos a vialidades en Tláhuac por parte de miembros del crimen organizado, –los primeros de este tipo en la Ciudad de México– tras el abatimiento del presunto líder del cártel que lleva el nombre de dicha delegación, encendieron al menos tres alertas que no debemos ignorar: que ninguna entidad de este país es inmune a los “narcobloqueos”; que las corporaciones de seguridad no están preparadas para enfrentar estas situaciones y, por último, que hemos estudiado muy poco este fenómeno.

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julio 3, 2017

Tres lecturas sobre Villa Unión

La muerte de 19 personas y las lesiones de cinco policías en un operativo en la sindicatura de Villa Unión, en el municipio de Mazatlán, Sinaloa, exige varias lecturas. La primera es que el enfrentamiento es un episodio más en el proceso de la violenta reconfiguración del mapa del crimen organizado a nivel nacional como resultado del colapso del Cártel de Sinaloa, después de la extradición de Joaquín “El Chapo” Guzmán y el estallido de los conflictos entre los aspirantes a sucederlo, tanto internos como externos. Ésta, como primera aproximación, es relativamente buena. Por lo que se sabe, la guerra entre grupos desatada en Sinaloa desde la tercera detención de “El Chapo” continúa su curso inexorablemente, provocando agresiones y muertes que se acumulan semana con semana.

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mayo 22, 2017

Seguridad interior: el horror no es un mito

El pasado 15 de mayo, en este blog, se publicó el texto “Mitología de la seguridad interior”, en el cual el autor pretendió demostrar que el debate sobre la aprobación de una ley de seguridad interior está instalado en el “mito atractivo y poderoso” de la ausencia legal de facultades de las Fuerzas Armadas para intervenir en labores de seguridad pública, omitiendo dos elementos fundamentales que –cuesta arriba- hemos intentado posicionar quienes nos oponemos al golpe autoritario que significaría la aprobación de una ley de seguridad interior: la Constitución y la realidad.

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abril 24, 2017

Índice de letalidad: indicadores sobre el uso de la fuerza letal y necesidades de transparencia

El índice de letalidad es un indicador de posibles usos ilegítimos de la fuerza letal. En un contexto de falta de investigaciones ministeriales y de información forense sobre el uso de la fuerza, como actualmente existe en México, se agudiza la necesidad de construir indicadores que permitan identificar posibles patrones del uso ilegítimo de la fuerza letal por parte de los distintos cuerpos de seguridad. En fechas recientes, hemos leído en este espacio cuestionamientos sobre los alcances y límites de dicho indicador, incluso sobre su utilidad. Aquí pretendemos responder a esos cuestionamientos y aclarar confusiones que dichas críticas generan. El índice de letalidad, así como otros indicadores, hacen notorias las carencias y necesidades que hoy tenemos en materia de información y de controles —legales, institucionales y sociales— sobre los abusos en el uso de la fuerza, en particular la fuerza letal. No podemos, en consecuencia, dejar de señalar que varias de las iniciativas de ley impulsadas en materia de Seguridad Interior plantean una mayor opacidad y menor capacidad de control sobre el uso de la fuerza. De aprobarse la Ley en los términos propuestos, tendremos aún mayores dificultades para conocer y evaluar el uso de la fuerza pública.

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