A lo largo de poco más de una década, la prevención de la violencia y el delito en México ha tenido grandes aciertos, pero también algunos tropiezos. La intención de este texto no es repetir lo que otros han dicho, sino referirme, desde una posición autocrítica, a tres problemas que no siempre se discuten y que deberían ocupar un lugar central en el debate a partir del cual se busca repensar este componente tan importante de la política criminal: 1) la falta de claridad en sus objetivos, 2) su ambigüedad teórica y 3) su distanciamiento del resto de los componentes de política criminal.


Ilustración: Víctor Solís

¿Cuál debe ser el objetivo de la política de prevención?

Sin importar el apellido que le pongamos, el objetivo de la política de prevención debería ser uno: evitar que la violencia y el delito ocurran (por primera vez) o persistan (a lo largo del tiempo). Entonces, su efectividad, parafraseando a Sir Robert Peel, sólo debería medirse en términos de su contribución a disminuir la incidencia de estos fenómenos.1

Plantear el objetivo de la política de prevención de otra forma es contribuir a borrar las líneas que la distinguen conceptualmente de otro tipo de políticas públicas y, peor aún, condenarla a ser siempre una política “atrápalo-todo” y dispersa. Pero, ¿cómo lograrlo?

Un modelo que explique la mecánica causal de la violencia y el delito

Antes que otra cosa, es importante partir de un modelo criminológico que nos ayude a entender con claridad el proceso que da pie a la ocurrencia de la violencia y el delito, y nos permita identificar aquellos elementos que son indispensables para que este proceso suceda.

Si bien, hoy sabemos qué factores (de riesgo) están relacionados con la ocurrencia y persistencia de estos fenómenos, la realidad es que no sabemos con precisión cuáles de estos son sus causas. Más allá de que muchos puedan ser buenos predictores, no sabemos qué factores, ni mediante qué mecánicas, son necesarios para que los incidentes violentos y los delitos se produzcan. Ante ello, hemos optado por atender todo convirtiendo la política de prevención en una empresa dispersa y poco efectiva.

Considero que la Teoría de la Acción Situacional del delito (SAT por sus siglas en inglés) ofrece el marco conceptual que estamos buscando.2 Según esta teoría, las causas de la violencia y el delito son básicamente tres:

 

1. La presencia de personas propensas a incurrir en este tipo de conductas; es decir, personas que consideran a la violencia y el delito como acciones moralmente aceptables o no cuentan con la suficiente capacidad de autocontrol como para abstenerse de llevarlas a cabo aún en ambientes desfavorables;

2. La existencia de ambientes criminógenoso ambientes donde los miembros de la comunidad coinciden con las personas propensas en que el delito y la violencia son conductas moralmente aceptables o en los que no existen suficientes controles formales o informales para disuadir a las personas propensas de incurrir en ellos; y

3. La exposiciónde las personas propensas a cometer delitos a los ambientes criminógenos, ya sea por selección social o selección personal, la cual detona los procesos de toma de decisiones que derivan en la ejecución de delitos o actos violentos.3

 

Figura 1. Proceso básico de la Teoría de Acción Situacional4

Por lo anterior, si realmente queremos prevenir el delito y la violencia, nuestra política debería concentrarse en hacer tres cosas:5

 

1. Reducir la propensión delictiva de las personas influyendo en su educación moral relevante a la ley penal (o su inmersión en una nueva cultura de la legalidad) y fortaleciendo sus habilidades de autocontrol, que dependen, en gran medida, de su fortaleza cognitivo–conductual.6

2. Evitar la proliferación de ambientes criminógenos construyendo consensos morales relevantes a la ley penal en la comunidad (i.e. cultura de la legalidad) y fortaleciendo las capacidades formales (autoridad) e informales (eficacia colectiva) encargadas de darles cumplimiento.

3. Limitar la exposición de las personas propensas a ambientes criminógenos, interrumpiendo los procesos de selección personal y selección social mediante el establecimiento de mecanismos eficientes de supervisión y seguimiento a las personas más propensas a cometer delitos y la construcción de entornos más incluyentes.

 

De acuerdo a la SAT, estas tres estrategias son las únicas opciones posibles para lidiar con las causas directas de la violencia y el delito. Según la mecánica propuesta por esta teoría, cualquier otra estrategia o intervención estaría en realidad dirigida a las “causas de las causas”; es decir, a atender factores causantes de la propensión criminal, del carácter criminógeno de un ambiente o de la conexión entre ambos. Antes de pensar en alternativas cuyo impacto sería menor o más lento, convendría asegurarnos de que al menos éstas funcionen de manera adecuada.

Esto no quiere decir que la prevención del delito no pueda beneficiarse de otras acciones tendientes a garantizar, por ejemplo, una mayor igualdad entre las personas. Lo que quiere decir es que éstas no deberían impulsarse como parte la política de prevención, sino como componentes de una agenda social más amplia. 

Enfoque reductivo y focalización por tipo de delito

Ahora bien, como cualquier intervención en la materia, cada una de estas estrategias podría abordarse desde una perspectiva netamente preventiva (evitar la ocurrencia por primera vez) o desde una perspectiva reductiva (evitar la reincidencia). Personalmente, dada la escasez de recursos y la urgencia del tema, considero que en el corto y mediano plazos la política de prevención del delito debería privilegiar la segunda. Es decir, centrar sus esfuerzos en quienes ya incurrieron en este tipo de actos y en los ambientes que ya se ven afectados por estos fenómenos. La evidencia disponible nos enseña que la violencia y el delito tienden a concentrarse de manera significativa en relativamente pocas personas y pocos lugares.7 Si dirigimos nuestros “tiros de precisión” hacia ellos tendremos una mayor probabilidad de reducir su incidencia en un menor tiempo.

Además, es posible que la eficacia de nuestras intervenciones se incremente si, además de trabajar desde una perspectiva reductiva, lo hacemos adaptando nuestro modelo general de trabajo a la realidad de delitos específicos. Si bien la evidencia al respecto es aún escasa, parece lógico pensar que las personas propensas a cometer homicidios tienen un código de valores y una capacidad de autocontrol distinta a las personas propensas a robar artículos en tiendas departamentales. Algo similar podría decirse de los ambientes donde se concentra la violencia homicida vs los ambientes donde se concentran los delitos de propiedad. Por ello, actuar a partir del entendimiento profundo de cada problema delictivo parece ser una buena idea. 

En suma: la respuesta que estamos buscando en materia de prevención está en trabajar con personas propensas a cometer delitos, reconstruir ambientes criminógenos y evitar la exposición de los primeros a los segundos, todo esto desde una perspectiva reductiva y a partir del conocimiento profundo de cada problema delictivo.

En la siguiente entrega profundizaré en cada una de las estrategias propuestas y enumeraré acciones específicas que se pueden llevar a cabo en cada de ellas.

 

Pablo Vázquez Camacho es licenciado en Relaciones Internacionales por el ITAM y Maestro en Política Criminal por la Escuela de Economía y Ciencia Política de Londres (LSE). Es Director General de Prevención del Delito y Servicios a la Comunidad en la Subprocuraduría de Derechos Humanos de la Procuraduría General de la República (PGR). Antes, trabajó en el Programa Nacional para la Prevención Social de la Violencia y la Delincuencia encabezado por la Secretaría de Gobernación.


1 Este problema fue planteado previamente por Lilian Chapa en este texto.

2 Ver: Wikström, P-O H., y Treiber, K., (2017), “Beyond Risk Factors: An Analytical Approach to Crime Prevention”, en Teasdeale, B., y Bradley, M. S., (eds.), Preventing Crime and Violence, Advances in Crime Prevention, (Suiza: Springer International Publishing). Para conocer más de la Teoría de Acción Situacional, ver el trabajo del criminólogo sueco Per – Olof Wisktröm.

3 Wikström, P-O H., (2012), “Does Everything Matter? Addressing the problem of causation and explanation in the study of crime”, en McGloin, J. M., Sullivan, C.J., and Kennedy, L.W. (eds.), When Crime Appears: The Role of Emergence, (Nueva York: Routledge).

4 Wikström, P – OH. (2012), Op. Cit.

5 Wikström, P-O H., y Treiber, K., (2017), Op. Cit.

6 Para Wikström la educación moral (relevante a la ley penal) se refiere al “proceso de aprendizaje y evaluación por el que las personas adoptan o cambian reglas de conducta basadas en valores sobre lo que está bien o está mal hacer en circunstancias determinadas. Dicho proceso, por lo general, implica un proceso de instrucción, observación o de prueba y error.” Ver: Wikström, P-O H., y Treiber, K., (2017), Op. Cit.

7 Martínez, N. N., Lee, Y, et. al. (2017), “Ravenous wolves revisited: a systematic review of offending concentration” en Crime Science, 6:10; Jaitman, L. y Ajzenman, N. (2016), Crime Concentration and Hot Spot Dynamics in Latin America, IDB Working Papers, Series Nº IDB-WP-699.