Les seré honesto: lo más difícil fue conseguir un cajero automático que estuviera cerca. Ya con los ocho dólares en mano, todo se volvió increíblemente sencillo. Y aterrador.

Desde hace ya 10 años estudio la violencia vinculada a las armas de fuego, tanto en México como en Estados Unidos. En EUA me enfoqué en las macro-tendencias del delito, las masacres, y los tiroteos. En particular, en cómo los grupos económicos y de interés -como la Asociación Nacional del Rifle, o NRA- cabildea para cambiar las políticas de armas de fuego. Es impresionante cómo estas modificaciones tienen impactos brutales y negativos en ambos países sin que nadie se escandalice. Conocí de primera mano cómo los traficantes ingresan todos los días las armas a México desde Estados Unidos, y cómo esto empoderó a los criminales mexicanos. Así fue como éstos expandieron sus actividades delictivas –como el robo de combustible y el asalto a los trenes–, en grandes zonas del país.

En México me concentré en comprender nuestra propia crisis. Esto implicó en principio analizar cómo funcionan los cárteles –como el de Sinaloa-, y cómo se “mueve” la violencia, táctica y geográficamente en el país. De igual forma, participé con una colega en un estudio para tratar de dilucidar las motivaciones y “decisiones racionales” de los sicarios que operan en el territorio nacional.

Sin embargo, entrar por primera vez a un gun show en EUA el pasado 5 de noviembre en Texas fue una experiencia que me cambió la vida para siempre.

Lo primero que noté al ingresar a este salón de convenciones, enorme, climatizado, y con una bandera de la confederación americana de fondo -símbolo de la supremacía blanca-, fue a un par de niños. Claramente acostumbrados al ambiente del gun show, los dos -muy probablemente hermanos, quizá entre 5 y 7 años-, jugaban con las armas que se vendían en uno de los locales, justo frente a la puerta principal de la feria. Se apuntaban entre ellos, jugaban con los gatillos, fingían disparar, y sonreían. Vaya, un domingo normal en familia.

Aunque las armas que se venden en un gun show no están cargadas, y sus papás estaban a algunos metros de ellos -comprando un arma como la que sus hijos jugaban-, esa imagen nunca saldrá de mi mente. Verlos tan acostumbrados a las armas me dejó en claro que el acceso a éstas y el entorno determinan vidas y decisiones. Con acceso a armas me refiero a muchas dimensiones: quizá una de las más claras es que aquí, como en casi cualquier otro gun show en EU, los menores de 10 años… entran gratis. La cultura pro-armas se institucionaliza y replica desde lo más profundo de una promoción como ésta.

Dicen que la mente guarda los momentos más poderosos en nuestro entorno. Y otro momento que mi mente también guardará es la de un padre y su hijo adolescente en un local anexo, a escasos metros de los niños que jugaban con las armas. Después de escuchar cómo platicaban apasionadamente con el vendedor sobre calibres, cartuchos, gatillos, y un sinnúmero de tecnicismos más, presencié que el adolescente y su papá hicieron una “oferta final” para una de las armas: un sorprendente rifle AR15, originalmente puesto en venta en 500 dólares, que se convirtió en el regalo de cumpleaños del chico por 480. Le habían caído bien al vendedor.

Y vaya que fue un gran regalo. Por 150 dólares más, el adolescente obtuvo también un bump stock. Se trata de un dispositivo capaz de lograr que cualquier arma semiautomática –como el AR15– opere como una completamente automática. Justo como que se utilizó días antes en Las Vegas, el 1 de octubre, en la peor masacre en la historia de Estados Unidos. Felices todos: éste era un really great deal.

A escasos pasillos de esta transacción, mientras Mark –un exmarine y hoy vendedor de la marca Colt–, intentaba convencerme de que sus armas eran las mejores del sur de EUA, nos enteramos de algo que parecía improbable. Acababa de ocurrir una masacre más en ese país. Se trataba de otro tiroteo masivo –tipo mass shooting-, como los de Columbine, Virginia Tech, Sandy Hook, Aurora, San Bernardino, Orlando, o el de Las Vegas mismo. En un acto despiadado, como los 400 que cada año cimbran la vida cotidiana de los estadounidenses, un joven disparó contra los asistentes a un acto religioso en una iglesia baptista y mató a 26 personas.

Y enterarnos de que otro tiroteo había ocurrido fue un verdadero balde de agua fría. Triste e indescriptible: la pesadumbre de una mala noticia cuando el ambiente parecía de fiesta. También es cierto que quizá hay pocas cosas más raras en este mundo que enterarse que ocurrió una masacre -a mano armada- mientras se está en un gun show.

Las redes sociales son rápidas, pero entonces sólo sabíamos que la masacre había ocurrido en una iglesia, y que casi 60 personas habían recibido al menos un disparo por parte de un atacante solitario. No era terrorismo, thank god, porque el atacante era un ciudadano blanco que “sólo tenía problemas mentales”. Pocos minutos después supimos que la masacre sucedió en Sutherland Springs, a escasas millas de donde estábamos.

La reacción de los organizadores, vendedores, y compradores de armas fue sorprendente. Como planeada, ejecutada a perfección en tres pasos. Al principio, el silencio sepulcral, la negación, y sólo miradas entre unos y otros. Segundos después, las acusaciones: contra el expresidente Obama, los liberales, Hillary Clinton, y todo lo que no es blanco y local, como ellos. Por último, la sanción inequívoca de esta comunidad pro-armas al unísono: el argumento de que cualquiera de los law-abiding citizens que asistían ese al gun show, hubieran, con el arma apropiada, evitado esta tragedia.

Aún con su Colt en la mano, Mark y yo no tardamos mucho en coincidir que justo por ataques como éste es que somos apasionados de las armas. El problema que los liberales no entienden, sostenía el exmarine, es que no son las armas sino la falta de ciudadanos como nosotros, dispuestos a utilizarlas para proteger al débil y acabar, por fin, con el mal que acecha a América. Que viva la Segunda Enmienda. Que viva la libertad. Y que viva la cultura del gun show.

David Pérez Esparza es maestro en Ciencias de la Seguridad, maestro en Política Pública, maestro en Economía del Conflicto, y Candidato a Doctor por University College London (UCL). Es además Consultor asociado del BID, Consejero de #PropuestaMx, Investigador enfocado en reducción del delito en el WWCR del Reino Unido, y Visiting Scholar en el Baker Institute de la Universidad de Rice, en Houston.