La historia de la Rocinha, al igual que otras favelas de Río de Janeiro, está marcada por la marginalidad urbana, la concentración de la pobreza, la violencia y la estigmatización que conlleva vivir en las zonas de peor reputación de Brasil. Sin embargo, desde la perspectiva de quienes allí habitan, la favela, además de ser su hogar, es un lugar tranquilo, donde hay negocios de todo tipo y trabajo para toda clase de personas incluyendo las menos calificadas.

Según Alberto —un adulto mayor que lleva la mayor parte de su vida viviendo en la Rocinha— a pesar de que los favelados son considerados como uno solo, en realidad hay tres clases sociales. Aquellos que tienen dinero y sobre los cuales es mejor no preguntar demasiado; aquellos que se esfuerzan y que viven del salario mínimo siempre y cuando varios miembros de la familia trabajen, y aquellos menos calificados que viven de la economía informal. Para todos hay, pues como dicen acá: “aquel que no consigue plata en la Rocinha es porque no quiere”.

En esta favela las viviendas no tienen dirección. Es normal que durante varias cuadras la denominación de las calles sea la misma, normalmente correspondiendo a la calle principal más cercana. Aunque se podría intuir que esta característica es propia del proceso informal de urbanización que dio lugar a estos barrios, los habitantes de la favela la describen como una ventaja a su favor: “los que no tienen dirección no existen y los que no existen no pagan impuestos”.

Ilustración: Víctor Solís

A pesar de su reputación, la Rocinha es considerada un lugar seguro para quienes habitan en ella. “Más segura que Ipanema o Copacabana”, dicen, ya que es controlada por traficantes agrupados en pandillas que se asemejan más a complejas organizaciones del crimen organizado que a la agrupación juvenil de la esquina que se dedica a delitos de oportunidad.

 En Río las pandillas son instituciones sociales.1 Por décadas, como lo muestran investigaciones sistemáticas hechas en distintas favelas además de la Rocinha, estas instituciones informales han impartido justicia, dirimen problemas de derechos de propiedad entre vecinos, proveen servicios públicos, recreación y deporte en otros (Arias 2006, Arias y Barnes 2017). Además de la distribución de bienes públicos como las cajas de productos básicos o la realización de las famosas fiestas funk en barrios donde el espacio público es prácticamente nulo, las pandillas regulan otros aspectos de la vida cotidiana como la provisión de servicios de internet.

En materia de convivencia pueden existir una plétora de normas dependiendo del tipo de control criminal que haya en una favela, las cuales van desde disposición de la basura, el horario de circulación o el consumo de drogas. Sin embargo en la Rocinha el asunto se reduce a dos principios básicos: “a) Si eres buena persona y no te metes con nadie, te irá bien en la favela. b) Si tu intención es “traer mierda a la favela, no debes tener dudas que la favela te devolverá el doble de mierda”, sentencia Alberto mientras muestra un video en su celular de una golpiza propiciada a un joven por robar. A esto, en la jerga de la favela se le llama recibir un “masaje”.

Al preguntar por las Unidades Policiales de Pacificación la respuesta es contundente: “Puro maquillaje. No pasó nada, mucho menos en la Rocinha donde la geografía hace imposible el control total de la favela por parte de un solo grupo o del estado”. Las estrechas y empinadas calles de la Rocinha la convierten en una pesadilla táctica para una fuerza de ocupación, bien sea pandillas rivales como el Primer Comando da Capital —originario de Sao Paulo y que ha hecho varias incursiones en Río desde años anteriores—, o para el Batallón de Operaciones Especiales de la policía militar de Río, BOPE.

En resumen, el control territorial monopólico de la favela resulta demasiado costoso para el Estado por lo que se ha configurado un equilibrio de poder —más estable en lugares como la Rocinha que en otras favelas— entre las pandillas, las milicias (comúnmente compuestas por ex policías o exmilitares que se dedican principalmente a prestar servicios de extorsión de seguridad) y las fuerzas de seguridad del Estado, cuya reputación en la favela es la de actuar como cualquier otro grupo del crimen organizado.

Por ello, pandillas de distinto linaje, milicias y fuerzas de seguridad se reparten el dominio de favelas como la Rocinha por medio de propinas y tasas (impuestos informales) de seguridad, mecanismos indirectos de seguridad ciudadana amparados en la violencia extorsiva y el soborno. Por ejemplo, con el cambio de año las milicias de antiguos policías y escuadrones de la muerte que controlan algunos sectores del este de Río decidieron incrementar la taxa de seguranca de 50 a 100 reales a cada uno de los habitantes.

Si bien las Unidades Policiales de Pacificación (UPP) —una versión mixta entre mano dura contra el crimen y policía de proximidad complementada con servicios sociales— tuvieron un papel importante en la disminución del homicidios entre 2009 y 2014, sus efectos de largo plazo han sido limitados. Particularmente en la Rocinha, la tortura y desaparición forzada de uno de sus habitantes en 2013 por parte de unidades del componente de policía comunitaria acabó por completo con la construcción de confianza, elemento central de las UPP.

El crimen agregado volvió a repuntar en los años siguientes a los juegos olímpicos y al mundial de futbol. De acuerdo al Instituto de Seguridad Pública de Río, solo en el primer semestre del 2016, el homicidio incrementó en cerca de 43 por ciento mientras que durante el 2018 se incautaron cerca de 8,500 armas de fuego en la ciudad. De éstas, más de 500 fueron fusiles de asalto, para un incremento de 11 por ciento con respecto a 2017.

Sin embargo, la incapacidad de grupos estatales o extra legales para ejercer el monopolio del uso de la fuerza y control territorial absoluto en la Rocinha no significa que en la favela exista una crisis de seguridad o que sus habitantes vivan atemorizados en la zozobra de la violencia, como muchos medios de comunicación y narrativas internacionales construyen la imagen de las barriadas brasileñas.

Por el contrario, la tranquilidad y estabilidad aparente que se respira en la Rocinha representan un autentico desafío a la noción de seguridad propia del Leviatán europeo de corte weberiano sobre la que se han sustentado por décadas las políticas de seguridad y de contrainsurgencia en la región. En las dos primeras décadas del siglo XXI han sido múltiples las limitaciones que ha mostrado este modelo y su capacidad para ejercer jurisdicción, control y tributación en las periferias urbanas en las que cada vez se hacen más borrosas las fronteras entre lo legal e ilegal o entre formas de seguridad pública y privada.

Así pues, en la Rocinha los policías son considerados criminales y los traficantes o criminales prestan el servicio de policía. Según Alberto, “la Rocinha es segura, porque es controlada por traficantes y le pagamos a la policía, cuando no le pagamos a la policía hay problemas”.

El esquema funciona así: las fuerzas de seguridad pública hacen presencia en las entradas y salidas de la favela lo cual tiene bastante sentido si se tiene en cuenta que la Rocinha limita con algunas de las zonas más costosas de Río como Gávea, un barrio de extensas mansiones cercadas por muros y sistemas de video vigilancia que contrasta con las diminutas edificaciones de la favela. Cuando las autoridades, ya sean las Unidades de Pacificación, venidas a menos por el recorte presupuestal tras la crisis económica de los años recientes, o el BOPE, decide entrar a la favela, las pandillas responden con fuego en caso de que haya alguna afectación inminente y de proporciones considerables a su estructura o sus finanzas.

La mayor parte de las veces las incursiones son consideradas como una simple provocación. Según reportes de la comunidad, la última semana de enero, cuando la  policía entró disparando al aire tras un operativo a gran escala en la favela vecina de Vidigal, las unidades del CV Comando Vermelho —uno de las pandillas que controla la Rocinha junto con Tercer Comando Puro— no respondieron y el incidente no tuvo mayores repercusiones.

El interés de estas provocaciones y de las incursiones de los batallones de operaciones especiales en la favela es bastante claro para sus habitantes: incautar armas y drogas por las que posteriormente exigen un rescate o que son revendidas en el mercado negro a pandillas competidoras en otras favelas del norte Río u otras con equilibrios de poder más inestables como el complejo Alemao o Maré.

Estas formas segmentadas o fragmentadas de control social y territorial hacen que la Rocinha sea un lugar seguro para quienes la habitan y las visitan, siempre y cuando no haya presencia del Estado.

En la favela el desenlace de las disputas por el control del barrio y de las economías informales depende de los arreglos hechos entre traficantes y las fuerzas de seguridad del Estado. Paradójicamente, a estos a arreglos de tipo económicos se les denomina “propinas”.

A pesar del poder de fuego, la complejidad de la organización y la capacidad para imponer normas y hacerlas respetar por parte del crimen organizado en la favela, las lecturas canónicas del crimen organizado y de la seguridad ciudadana no dan cuenta de la heterogeneidad del fenómeno de la inseguridad y la violencia en Río. Lo que se consideraría una situación excepcional de seguridad en un estado de derecho es apenas otro día normal en la Rocinha.

 

Jorge Mantilla
Politólogo, doctorando en Criminología, Derecho y Justicia de UIC Chicago. Ha trabajado como consultor para gobiernos locales y organizaciones internacionales en temas de conflicto armado, seguridad ciudadana y política de drogas. Actualmente se encuentra interesado en temas de gobernanza criminal, fronteras y violencia urbana. 

 

Referencias

Arias, Desmond Enrique and Barnes, Nicholas (2017). “Crime and plural orders in Rio de Janeiro, Brazil”. Current Sociology, 65(3), 448–465. 

Arias, Desmond Enrique (2006). “The Dynamics of Criminal Governance: Networks and Social Order in Rio”. Journal of Latin American Studies 38, 293-325.


1 Comando Vermelho es la pandilla tradicional de Río de Janeiro. Sin embargo procesos de fragmentación interna dieron lugar a la aparición de dos facciones importantes. Tercer Comando Puro y Amigos das Amigos. Recientemente ha incursionado el Primer Comando Capital PCC que controla Sao Paulo.