El informe “No más opio para las masas” analiza el fenómeno poco investigado del colapso actual de la producción de amapola y heroína en México y la conformación de una situación excepcional en el contexto del mercado de drogas: en México, hoy en día, la amapola y la heroína ya no son rentables. Para este espacio, la síntesis de este reporte se presenta en dos partes. La primera aborda a los antecedentes del cultivo de la amapola en México y la época de la bonanza. La segunda se enfoca en su estrepitoso declive.

Nuestro análisis es resultado de varias temporadas de trabajo de campo en dos regiones productoras de amapola: Nayarit y Guerrero. Lo que llamamos “la crisis del opio” está teniendo consecuencias dramáticas en algunas de las zonas más marginadas de México. Sin embargo, consideramos que esta crisis –terrible para los campesinos involucrados en la producción de amapola– puede ser una ventana para diseñar políticas locales que permitan sacar a regiones enteras de la economía ilegal, así como disminuir la influencia de grupos criminales sobre estas regiones.

Nuestro estudio permite anclar empíricamente la discusión acerca de las dos grandes propuestas que circulan para enfrentar esta crisis: la sustitución de cultivos y la legalización de la amapola. Así, este estudio arroja luz sobre las dinámicas locales de la producción de amapola y heroína en México, y deja claro que no existe una cura única y mágica a la crisis actual.

Ilustración: Víctor Solís

La relevancia histórica de la amapola en México

Es importante recordar ciertas dinámicas históricas de la producción de amapola en México. Inició en los años veinte, principalmente en la zona de Durango, Chihuahua y Sinaloa. Sin embargo, hasta los sesenta, la producción mexicana era considerada de calidad baja, sobretodo si se comparaba con la heroína asiática, y no representaba más de 10% del consumo en Estados Unidos.1

Todo empezó a cambiar a finales de los sesenta cuando la ruta europea de tráfico de heroína  –la “French Connection”– fue desmantelada. En ese momento, los productores mexicanos se adaptaron y desarrollaron nuevos puntos de producción fuera de las regiones “tradicionales” en Jalisco, Michoacán, Guerrero, Oaxaca e incluso Chiapas para responder a la demanda del “norte”. Pero fue en los noventa y 2000 cuando México vivió un verdadero boom de la producción de heroína. Primero, las reformas a la agricultura, y sus consecuencias sobre la competitividad del campo mexicano condenaron poco a poco a varias industrias prosperas. La producción de café en Guerrero, por ejemplo, cayó 88% entre 2003 y 2016, y muchos de los campesinos que se dedicaban a esta actividad habrían volteado hacia la amapola.

Segundo, porque el contexto estadunidense de políticas de drogas tuvo y tiene repercusiones directas en las zonas rurales en México. El alza de la demanda de opioides legales, así como el reforzamiento de las leyes de prescripción favorecieron un nuevo auge de la heroína en Estados Unidos, lo que provocó un aumento masivo de la producción en México.

Las estadísticas oficiales, siempre sujetas a discusión, pueden ofrece una ilustración. Según la Oficina de las Naciones Unidas para la Droga y el Delito (UNODC), en el 2000 México contaba con mil 900 hectáreas de cultivos de amapola, equivalente, aproximadamente, a 41 toneladas de goma de opio. En 2009, el número de hectáreas había subido a 19 mil 500 (425 toneladas de goma). Finalmente, en 2017 habíamos llegado al máximo de la superficie cultivada, con 44 mil100 hectáreas en toda la república.

Esta expansión territorial demuestra una gran continuidad con el primer auge de los años 1970. En los últimos veinte años, la amapola se cultivaba principalmente en una línea trazada por la Sierra Madre occidental de Sonora a Nayarit, cruzando por Jalisco, Michoacán hasta llegar a Guerrero y Oaxaca. Dentro de este panorama, Guerrero se posicionó como líder en la producción nacional, con alrededor de 60% del total y en cada uno de sus 81 municipios fueron detectados plantíos de amapola, mientras que el “triangulo dorado” (Durango, Chihuahua y Sinaloa) representa 25% de la producción mexicana.

A escala más local, cuatro municipios destacaron por las superficies destruidas entre 2007 y 2015: Badiraguato, Sinaloa (27,300 hectáreas); Guadalupe y Calvo, Chihuahua (26,200 hectáreas), General Heliodoro Castro, Guerrero (15,800 hectáreas) y Tamazula, Durango (15,000 hectáreas).

El auge del fentanyl en los Estados Unidos

Durante muchos años, el fentanyl –un opioide sintético usado en hospitales como potente tratamiento contra el dolor– no se encontraba en las calles de EEUU. Era una droga “de nicho”. Sin embargo, a partir de 2014 se observó una explosión en su uso —ahora producido ilegalmente en China y en México— así como del numero de sobredosis mortales asociadas al producto.

El furor causado por la potencia del producto se sobrepuso a su peligrosidad. Así, la mezcla de fentanyl con heroína se expandió provocando una caída de precio del kilo de heroína a partir del 2014, mientras que las sobredosis mortales pasaron de alrededor 3,000 en 2013, a casi 30,000 en 2017. El producto está hoy relacionado con más de 60% del total de muertes por opioides en EEUU, mientras que un estudio de la Universidad de Vancouver del 2018 demostró que 80% de la “heroína” vendida en la ciudad en realidad no contenía nada de esta sustancia. En cambio, casi todas las muestras contenían fentanyl.

La crisis del opio en México

Mientras el fentanyl dejaba un sinfín de muertes en los Estados Unidos, también provocaba una crisis silenciosa a miles de kilómetros más al sur.

A partir de varias temporadas de trabajo de campo en Nayarit y Guerrero analizamos el declive de la producción de amapola y sus catastróficas consecuencias sociales y económicas. Nuestras zonas de estudio, que por razones de seguridad llamaremos “Pueblo A” (ubicado en Nayarit) y “Pueblo B” (en Guerrero), son comunidades serranas marginadas, cuyos habitantes dependen de la producción de amapola para sobrevivir. Ambas regiones tienen indicadores de pobreza muy superiores a la media nacional. En el Pueblo A y su región, 91% de la población vive en situación de pobreza, y 61.6% en situación de extrema pobreza, mientras que el 60% de las viviendas no tiene acceso a la electricidad.2 En el Pueblo B y su área, 33% de la población vive en pobreza extrema (comparado con el promedio estatal, de 24.5%).

Además de sufrir estos grados de marginación social, ambas regiones están situadas desde hace décadas en el frente de la “Guerra contra las drogas” y sus dinámicas de violencia. En 2018, el año más violento jamás registrado en México, Guerrero fue el tercer estado más violento del país con una tasa de homicidio de 61.35 por cada 100,000 habitantes, siendo la zona del Pueblo B una de las más afectadas.

La amapola en el Pueblo A – Nayarit

En el Pueblo A se concentra una población de aproximadamente 5,000 habitantes, la gran mayoría indígenas cora (o naayari) que dependen históricamente de la agricultura local y de la caza. La mayoría de los habitantes pasa gran parte del año en los ranchos de la sierra. 

A partir de los ochenta, el cultivo de amapola le permitió a los habitantes asegurarse ganancias que les evitaban migrar a la costa de Nayarit durante la temporada de secas, lo cual hacían tradicionalmente para trabajar en la cosecha del tabaco. En pocos años, según los relatos de nuestros entrevistados, la buena fertilidad de las tierras, así como el trabajo de “formación” conducido por varios individuos que tenían experiencia en Sinaloa, convirtió la zona en un importante productor de amapola.

Sin embargo, la población del Pueblo A no se convirtió en procesadores y traficantes de heroína. Aquí, la goma de opio se vende a intermediarios que la llevan a Sinaloa, donde es procesada en heroína y exportada a los Estados Unidos. Como lo observamos a lo largo de varios años de trabajo de campo en la zona, los habitantes del Pueblo A nunca se convirtieron en “profesionales” del tráfico de drogas, dejando este “negocio pesado” y sus márgenes de ganancia, a otros actores más poderosos.

En 2013, cuando iniciamos nuestras investigaciones en la región, por lo menos 75% de los habitantes dependía casi exclusivamente de la amapola para sobrevivir. Con el simultáneo colapso de la rentabilidad de la marihuana y el boom de la demanda de heroína en el país vecino del norte, el porcentaje aumentó al mismo tiempo que el uso masivo de pesticidas para el cultivo y el desarrollo de pequeñas redes de irrigación para sostener la producción en temporadas de sequía.

En 2013, el precio del kilo de goma de opio en la región era de 15,000 pesos, mientras que una hectárea cultivada dejaba alrededor de cinco kilos por temporada (en el Pueblo A cuentan con dos cosechas por año). Así, un campesino de la zona podía esperar un beneficio de casi 75,000 pesos (unos 3,750 dólares) cada seis meses, descontando el costo de los fertilizantes, equipos de riego, pago a jornaleros y otras inversiones.

Sin embargo, el uso masivo de fertilizantes debilitó la tierra, llevando los campesinos a aventurarse cada vez más lejos y más tiempo fuera de sus viviendas para atender los plantíos de amapola, y dejando también de lado sus cultivos alimenticios. El involucramiento de casi toda la juventud masculina en la producción de amapola también contribuyó al aislamiento los pueblos que se convertían en blancos de ataques de diferentes grupos criminales y de enfrentamientos con las Fuerzas Armadas, para el control del mercado de drogas de la región.

En este contexto, los campesinos que lograban escapar de la erradicación o de los ataques pudieron beneficiarse de la constante subida de los precios de la amapola entre 2014 y 2017, hasta llegar a un récord de casi 20,000 pesos por kilo en 2017. En ese momento, una hectárea podía dejarle hasta 200,000 pesos por año a un campesino de la zona y nada parecía anunciar la brutal crisis que estaba por empezar.

La amapola en el “Pueblo B” – Guerrero

El “Pueblo B” se encuentra en la Sierra Madre del Sur. Es parte de una sucesión de comunidades que reúnen entre 300 y 1,000 habitantes cada una, a más de 2,400 metros sobre el nivel del mar. La zona dibuja un corredor serrano estratégico que conecta la costa Pacifico con las carreteras centrales que corren hacia el norte. Como nos recordaba un habitante, “esta zona siempre fue un paso obligado, un área muy conflictiva por la pelea del territorio y por ser la puerta principal de acceso y conexión a la sierra”.

La región es productora de opio y heroína por lo menos desde los sesenta. Sin embargo, el cultivo masivo de amapola está directamente vinculado con el segundo boom estadunidense de los finales de los noventa y principios del 2000. La fuerte demanda llevó los traficantes locales a mejorar la calidad de su producto, pasando de una heroína mediocre, la famosa “Mexican Black Tar” (de color marrón oscuro, apodado “chapopote mexicano”), a la “China White” (“China Blanca”) mucho más cara y codiciada.

A partir de nuestras investigaciones, y de múltiples publicaciones acerca de la zona, está claro que casi la totalidad de la población local vive de la industria de la amapola, como en el Pueblo A. Sin embargo, cuatro características importantes la distinguen de la nayarita.

Primero, en Guerrero se realizan tres cosechas por año: la “temporada completa” designa así la cosecha de aguas (la más barata, después de la temporada de lluvias); la de sereno, que corresponde al periodo intermediario, tanto en términos de fechas como de precio y calidad; y la de secas, que se cosecha entre abril y mayo, dejando la goma más concentrada y cara.

Segundo, a diferencia del “Pueblo A”, aquí existía un grupo local que realizaba la transformación de la goma de opio en heroína en laboratorios que se encontraban en la zona. La persona que dirigía este grupo se encargaba de comprar la totalidad de la producción local de goma, transformarla, y venderla –eso sí– a un grupo más poderoso capaz de llevarla hasta Estados Unidos, su destino final.

Tercero, los campos de amapola, a contrario de lo que se transmite en el imaginario común, no se encuentran necesariamente en rincones lejanos y escondidos. Las primeras parcelas yacen a pocos minutos de la ruta principal pavimentada, y se extienden después por miles de hectáreas de sierra y barrancos. Muchos de los terrenos son fácilmente accesibles y visibles desde lejos, más aún cuando la famosa flor roja de la amapola cubre la sierra.

Finalmente, los conocimientos prácticos relativos a la producción de la goma están inmersos en un saber local, compartido entre muchos. Esta dinámica se conjuga con los vínculos familiares, o de compadrazgo, que conforman la economía local de la amapola y de la heroína, una actividad altamente inserida en dinámicas sociales. Desde la siembra hasta la venta de la heroína, el circuito completo de producción se localiza en las comunidades, conformando así un circulo económico que, si no esconde las desigualdades entre los actores, asegura una fuente de ingreso y de supervivencia colectiva.

La dimensión ultra local del negocio tiene repercusiones mayores en la economía de las drogas, como nos lo indicó otro habitante:

“Más o menos 95% de la población tiene que ver con la amapola… Cuando el negocio está bueno, es bueno para todos, hay buena fluidez económica … están los que siembran, pero también los que venden en las tiendas, pues cuando hay recursos de la amapola también le va bien al de la tienda, el que vende cemento, tabique, material de cultivo… porque el campesino cuando tiene recursos pues gasta para su casita, para hacer el suelo de su casa…”.

Hasta mediados de 2017, y el inicio de la “crisis”, un campesino podía esperar ganar alrededor de 80,000 pesos al año. Los que disponían de más capital para invertir, especialmente para contratar jornaleros, comprar maquinas e instalar sistemas de riego más eficaz, podían sacar hasta 200,000 pesos por año. En esa época, el kilo de goma se vendía hasta 30,000 pesos al acaparador local, la persona encargada de comprar toda la producción local. Pero tal bonanza no se mantuvo por mucho tiempo.

 

Romain Le Cour Grandmaison
Candidato a doctor en la Universidad de la Sorbonne Paris-1. Su doctorado se enfoca en las dinámicas sociales de la violencia en México. Es también co-fundador y director del think tank Noria Research, investigador asociado de México Evalúa y consultor para varios organismos internacionales.

Nathaniel Morris
Doctor en historia por la Universidad de Oxford, e investigador asociado en University College London. Su investigación actual se enfoca en el auge de las organizaciones de autodefensas indígenas en el México contemporáneo.

Benjamin T. Smith
Profesor de Historia Latinoamericana en la Universidad de Warwick. Su trabajo actual se enfoca en la historia del tráfico de drogas en México.


1 Eric Schneider, Smack, Heroin and the American City, University of Pennsylvania Press, Philadelphia, 2008.

2 CONAPO, Indices de marginación.