No es de extrañar que estemos horrorizados. No hay justificaciones que alcancen para considerarnos inmunes a un peligro al que todos estamos expuestos y sobre el que no tenemos control ni (aparentemente) formas de prevenirlo.

Eric Harris de 18 años y Dylan Klebold de 17 años fueron los autores de la masacre en la secundaria Columbine (EEUU) en la que, armados con dos escopetas calibre 12, una carabina Hi-Point semiautomática, una pistola Tec semiautomática de 9 mm, explosivos caseros y una bomba propano, mataron a 13 personas e hirieron a otras 21 y después se suicidaron. Tan solo semana y media después el Times del 3 de mayo de 1999, resumía el verdadero horror en un encabezado: “El Monstruo de al lado. ¿Qué los llevó a hacerlo? (The Monsters Next Door. What made them do it?). Testimonios de vecinos y conocidos de la familia en que los catalogaban como familias amorosas y “normales” descubrían que no era necesario pertenecer al crimen organizado o a pandillas para que nuestros hijos pudieran morir a consecuencia de un arma de fuego en un lugar cotidiano, a manos de alguien que aparentemente era un chico bueno o al que al menos nunca habíamos notado como una amenaza.

Lo mismo que mató a esos 13 jóvenes, mató a Dylan, dice la madre de uno de los asesinos de Columbine. Un hecho en el que todos son víctimas. Aunque había habido muchos tiroteos en escuelas de Estados Unidos antes, fue a partir de Columbine que los medios y la sociedad norteamericana empezaron a hacerse todas las preguntas que estamos haciendo en este momento en México sobre lo ocurrido este 18 de enero de 2017 en el Colegio Americano del Noreste de Nuevo León, cuando un joven de 15 años disparó contra su maestra y tres compañeros para después suicidarse.

Varias son las justificaciones abordadas por especialistas, entre ellos temas como la salud mental del tirador o tiradores, la falta de atención de los padres, la situación de acoso escolar y la ausencia de vínculos significativos en su entorno, la pertenencia a sectas, los videojuegos violentos y en el caso de Columbine, después de analizar los diarios y comunicaciones de los jóvenes victimarios, se señaló como causa el imitar los comportamientos vistos en la película Natural Born Killers sobre dos asesinos que ganaron atención mediática a través de sus crímenes.

En los posteriores tiroteos en escuelas frecuentemente se hace referencia a Columbine y al conocimiento e intención de replicarlo que tenían otros perpetradores sobre este caso emblemático, no solo por haber sido motivo de posteriores películas y libros, sino por haber sido uno de los primeros cuya cobertura en televisión se llevó a cabo casi inmediatamente y acaparó la atención mundial. Las imágenes han recorrido las pantallas y mentes de millones de adolescentes. Igual que el video que ayer circuló en redes sobre el adolescente  disparando en su salón de clases en el Colegio Americano del Noreste en Monterrey, Nuevo León. Igual que ayer autoridades responsabilizaron a las redes sociales.

Lo natural cuando se tiene miedo es buscar culpables. De preferencia los que atribuyen el hecho a una excepción y no al azar. El gobierno ama los hechos aislados sobre los que las políticas públicas son imposibles e innecesarias. En una sociedad acostumbrada a juzgar a priori y a autoridades que buscan responsabilizar a las propias víctimas no es extraño que se culpe al estado mental del chico, a la falta de atención de los padres y a la violencia en televisión y en las redes sociales. Esos son los otros, de los que nos podemos cuidar. Lo que no es fácil es ver lo que tenemos en común con esos hechos, que nos vuelven un blanco, que nos ponen en la vulnerabilidad de que también a nosotros nos podría pasar y, finalmente, la profundidad de la situación para ver en qué medida somos responsables como sociedad y todos las acciones que serían necesarias para realmente evitar que situaciones como la de Nuevo León, se puedan repetir en cualquier lugar del país.

Creímos que en México no había tiroteos en escuelas pero desde hace más de una década suceden incidentes que implican armas de fuego en centros escolares: ya sea la maestra que pone pecho a tierra a todo su grupo de preescolar en Monterrey también, o la chica de secundaria que resultó muerta cuando su compañero llevó un arma a la que se le escapó un tiro en Iztapalapa o el niño de nueve que llevó un arma de grueso calibre en Hermosillo, por lo cual descubrieron un arsenal en su casa. Igual que ahora, los medios han exaltado las imágenes de niños que son o de los que se dice ser sicarios. En un país en el que cada día mueren en promedio 55 personas estamos muy lejos de que sea la violencia en video la que más nos afecta.

Desde hace más de una década, la violencia para los niños y niñas es real, está en sus casas, en la calle: los niños juegan a ser secuestradores y narcos, incluso algunos casos “aislados” que han tenido consecuencias fatales. Muchos son los que se implican con violencia y con armas para hacerse un lugar en una sociedad que los ignora. Otros los que día a día conviven con el narco. La diferencia de esos otros jóvenes con el de Monterrey es que no se le puede justificar con los argumentos obvios y gastados sobre la pobreza, el entorno violento, la ausencia de familia y eso es lo que nos horroriza, todos podemos ser víctimas.

Entre las primeras causas a las que atribuyó los sucesos el vocero del Grupo de Coordinación de Seguridad del estado de Nuevo León, Aldo Fasci, fue que el muchacho tenía depresión y estaba siendo tratado. No pocos culparon entonces a los padres y la familia que no se percató de la gravedad del trastorno. Pero no se habló del papel del Estado en crear los mecanismos de protección frente a la violencia en las aulas como el fomentar la cohesión social y el sentido de comunidad, la empatía. Si el chico había anunciado que llevaría un arma, si se sentaba solo, si tenía pensamientos suicidas ¿dónde estaban sus compañeros para contenerlo? No existen los mecanismos estructurales para detectar problemas de salud mental e intervenir ante situaciones de aislamiento y acoso escolar.

El suicidio es la tercera causa de muerte entre los adolescentes mexicanos y jóvenes hasta los 29 años. Del total de los suicidios, 40.8 por ciento ocurre en el rango de edad más vulnerable que es entre los 15 y los 19 años. El 81.7 por ciento de los que se suicidan son hombres. Federico en ese sentido no estaba solo: tres millones 321 mil jóvenes entre los 12 y los 29 años de edad han tenido por lo menos alguna idea suicida.1

Federico cometió un “suicidio por asesinato de masas” (suicide by mass murder), en Estados Unidos, donde se registra un tiroteo en centros escolares cada semana en promedio, el término se ha analizado en revistas científicas y se ha avanzado en los perfiles de los tiradores, considerándolos eventos muy distintos a otro tipo de ataques. En la edición de diciembre de 2014 de Health Sociology Review se afirma que no sólo se ha incrementado la frecuencia de este tipo de suicidio sino que es “casi universalmente” cometido por hombres, como una consecuencia de los roles de masculinidad hegemónicos que establecen la violencia como el instrumento apropiado, al que incluso se tiene derecho, para manifestar su masculinidad y para recuperar el privilegio al que se tiene derecho. El ataque contra los otros es porque no le dieron al atacante el respeto o la respuesta que cree merecer, para demostrar que sí se es capaz de hacerlo.

En Estados Unidos más de 200 tiroteos en escuelas han acontecido desde el 2013 y los estudios apuntan a que la mayoría de los tiradores son hombres blancos y frecuentemente de clase media (97 por ciento de hombres, 79 por ciento blancos). Generalmente en los análisis de violencia se suele hacer énfasis en los factores de riesgo y en las situaciones de vulnerabilidad que enfrentan determinadas poblaciones, pero ¿qué sucede cuando un integrante del grupo de aparente privilegio no obtiene a lo que considera o que se le ha transmitido que tiene derecho? ¿Cómo responde cuando supone que fue humillado por otros? ¿Qué sucede cuando el rol hegemónico de masculinidad le impide expresar su orientación sexual, mostrar debilidad y sensibilidad o pedir ayuda?

En la búsqueda de este privilegio, respeto, legitimidad y lugar en el mundo que se les enseña a los varones que deben de tener y que frecuentemente se espera que lo tengan, son muchos los que mueren intentando expresar o encajar en ese rol de masculinidad tóxica.

Los asesinatos y los suicidios tienen claramente un perfil de género y de privilegio. Por ejemplo, en algunas entidades de nuestro país, como Ciudad Juárez, la esperanza de vida de los hombres ha descendido de 72 a 62 años de acuerdo a cifras del INEGI. Los hombres matan mujeres, pero en mucha mayor proporción se matan entre sí y se matan a sí mismos. Se requiere que no sólo los feminicidios sean analizados bajo el tamiz del género, sino que todos los homicidios lo sean porque, aunque no todos los hombres son asesinos, lo cierto es que casi el 95 por ciento de los asesinatos del mundo son cometidos por hombres. En la construcción de la masculinidad tóxica, como una herramienta para demostrar lo que los “hombres reales” hacen, las armas tienen un papel importante.

Pueden ser muchos los elementos necesarios para que se desencadene un suceso como el del Colegio Americano del Noreste, se requiere mucho tiempo y análisis para conocer cuál sería el elemento detonante. Incluso en Columbine a casi dos décadas las motivaciones últimas son aún motivo de especulación. Depresión, acoso escolar, venganza, demostración de poder, pero finalmente el único elemento que hace posible que sucedan estos hechos (y sobre el que sí se tiene control) es la facilidad en el acceso a las armas. ¿Por qué un joven de 15 años pudo llevar un arma a su escuela? Los medios nos responden que era el arma de su padre, una calibre .22 utilizada para cacería. ¿Sabían los padres de Federico que las armas en los hogares aumentan 16 veces la posibilidad de que un adolescente cometa suicidio? Seguramente no. Federico y sus padres son también víctimas de la desinformación y la ignorancia con la que permitimos que las armas de fuego entren en nuestro entorno más próximo.

Nuevamente de acuerdo a estudios sobre armas de fuego realizados en Estados Unidos (mismos que es indispensable hacer en México) se afirma que 82 por ciento de los adolescentes que se suicidaron consiguieron el arma en sus hogares, en general propiedad de los padres. Los mexicanos tenemos el “derecho” a poseer armas en el domicilio para la protección, pero en ningún momento se nos informa de los riesgos de tenerlas, de cómo nos cambian las estadísticas y un arma nos vuelve más vulnerables y es un factor de riesgo para ser víctimas de la violencia armada. Posiblemente no está en las manos de ciudadanos detener los flujos de armas de fuego ilegales que entran cada día a nuestro país, pero podemos sacarlas de nuestras casas y de nuestras comunidades. Lo cierto es que las armas en los hogares son más un tema de prestigio que de defensa y que en el caso de que las utilicemos para defendernos lo más probable es que se nos vaya la vida en ello. Los grupos pro armas aseguran que un arma legal calibre .22 no es suficiente para hacer frente a la delincuencia de la que aseguran cada uno debemos proteger a nuestras familias. Estoy segura que la comunidad del Colegio Americano del Noreste en Monterrey sabe que aún una calibre .22 es capaz de traer muerte, miedo y sufrimiento a todo México.

Magda Coss es periodista y fundadora de la Asociación Civil 24-0 México que impulsa proyectos de prevención de violencia y cultura de paz a través de las artes.


1 Instituto Hispanoamericano de Suicidología, conferencia en el foro “Prevención del Suicidio en Jóvenes”, Cámara de Diputados, 2016.