¿Qué es la violencia serial? ¿Existe en México? Aunque sea considerado por muchos un asunto primordialmente de ficción, éste es un tema de ámbitos de competencia y perspectivas diversas donde, entre otras, la de seguridad, la victimológica, de género y la de salud mental nos urgen a revisarlo y conocerlo a profundidad para poder identificarlo y tratarlo. Hasta hace dos años, las y los agresores seriales al interior de las prisiones de la Ciudad de México sumaban un porcentaje significativo (Ramírez: 2015), pero a pesar de que la violencia característicamente serial generalmente acaba en la comisión de un tipo de delincuencia muy específico, se trata como cualquier otra. Las y los agresores seriales han pasado prácticamente desapercibidos dada la falta de investigación respecto a este tipo de violencia y su diferenciación en la dinámica delictiva del resto de delitos. De ahí la necesidad de mirar hacia este fenómeno criminológico y trabajar en él.

La violencia serial1 es cualquier acto violento (abuso sexual, violación, asesinato, hostigamiento y/o acoso, canibalismo) o evento que revele la necesidad de generar terror en la población por el simple hecho de gozar con lograrlo, cometido dos o más veces bajo una motivación no económica, material ni ideológica2 con un periodo de enfriamiento entre eventos en el que el agresor vuelve a su vida cotidiana. Con frecuencia, las cualidades sexual, emocional y/o psicológica son las más presentes en ellos, aunque puede no ser siempre evidente.3

La serialidad cobra relevancia por dos razones fundamentales: desde la perspectiva de la salud mental, es un espectro de conductas marcadas por una tendencia psicológica que implica la necesidad4 de repetir el comportamiento criminal para obtener nuevamente el placer que se experimenta con la satisfacción de la necesidad característica del agresor serial. Es el estado psicológico crónico que los dota de una estructura de personalidad específica, constituida generalmente por dos o más trastornos psicológicos, psiquiátricos y/o sexuales, que les convierte en agresores/as sistemáticos adictos al placer que obtienen con sus crímenes. Desde la doctrina penal, fundamentarse en el argumento que ofrece el ámbito de la salud mental respecto a la serialidad para estudiar la posibilidad de contemplarla como una circunstancia agravante de la pena representaría una reingeniería en el entendimiento de este tipo de violencia una reclasificación y por ende un tratamiento único y diferenciado para los delitos seriales y sus actores, tal como sucede con la emoción violenta que actúa como circunstancia de atenuación de la pena.

Sin embargo, la controversia sobre cuándo un comportamiento se convierte en serial ha encontrado cobijo en la falta de consenso en los criterios de clasificación: hay quienes lo hacen por el tipo de agresor, el número de víctimas en cada acto o evento y otros –como ocurre en este texto–por el número de actos o eventos: tres son necesarios para que se le considere como tal, independientemente del número de víctimas.5 Bajo el criterio de clasificación por actos o eventos, son necesarios tres dado que el primero puede ocurrir por accidente o experimento. El segundo por curiosidad –quizá para indagar qué tanto le gustó lo que ha sucedido anteriormente–, y un tercero, que reafirma y materializa las inquietudes de los dos primeros. Este es un tipo de violencia muy específico en la que encontraremos un modus operandi que nos dice la manera en la que el/la agresor/a cometió el crimen y que puede cambiar debido a la experiencia, edad o alguna enfermedad del/la agresor, y una firma. La firma es el conjunto de rasgos particulares de quien lo perpetra que no son indispensables para la comisión del crimen.

El estudio de la población penitenciaria en México haría posible acumular conocimiento de primera mano para identificar los factores que la llevaron a cometer un delito, así como identificar las diversas fórmulas en las que éstos interactuaron para dar como resultado la comisión de un crimen. También, permitiría clasificar a las y los agresores seriales desde diversas perspectivas, pero sobre todo, entender su comportamiento y prevenir el fenómeno.

Los estudios que se han realizado en diversas instituciones penitenciarias de nuestro país –tanto federales como estatales– han arrojado resultados interesantes que nos permiten identificar factores comunes, sin generalizar, entre quienes perpetran este tipo de violencia, como pautas de comportamiento. Por ejemplo, llevar una vida cotidiana aparentemente normal, pero hacer lo necesario para estar al alcance de víctimas: tienden a conseguir empleos que les sitúen en una posición de cierta autoridad como maestros/as, policías y guardias, enfermeros/as etcétera, como fue el caso de uno de los caníbales más longevos de nuestro país activo en la década de los años noventa en el estado de Chihuahua. Para poder generar confianza en sus víctimas y tener acceso libre a ellas, después de ser policía municipal ingresó a trabajar en la brigada de propaganda de un candidato a Diputado Federal y de esa manera, invitaba a niñas y niños “de la calle” o menores de edad conocidos a que le ayudaran a repartir publicidad a cambio de algo de dinero. Este agresor acababa agrediéndolos sexualmente, torturándolos y matándolos en extensos y solitarios descampados. Lleva prácticamente 20 años privado de su libertad y en instituciones de salud mental cuando su problemática y por desconocimiento, pudo haberse abordado también desde otros ámbitos de competencia.

Acercarnos a personas privadas de su libertad por estos delitos nos ha permitido crear técnicas de apoyo para la investigación de agresores y agresoras tanto activos como potenciales, identificar la presencia de síntomas de trastornos psiquiátricos y psicológicos (como la psicosis, las parafilias, la psicopatía, el trastorno antisocial de la personalidad), que nos brindan la oportunidad de reconocer conductas de riesgo y poder intervenir oportunamente en el fenómeno criminológico de la violencia serial. Las políticas públicas en materia de prevención suelen apoyarse en investigaciones de este tipo, y tanto los profesionales y académicos que trabajan con el problema, aportan información valiosa para la obtención de resultados asertivos.

De acuerdo a estadísticas internacionales donde académicos nos llevan ventaja en el estudio de la violencia serial, se estima que en nuestro vecino del norte hay aproximadamente 35 agresores o agresoras seriales en activo (Norris: 1988).6 Hasta hace un par de años, Inglaterra reportaba un aproximado de cuatro a cinco agresores y/o agresoras seriales en activo.7 En México, el estudio letárgico del fenómeno ha limitado la posibilidad de generar estadística histórica y nacional. Sin embargo, diversos estudios actuales y los medios de comunicación (generalmente la nota roja) nos permiten conocer casos recientes cuyo sensacionalismo los vuelve foco de atención.

Las y los homicidas seriales, violadores, los agresores sexuales de niños con un comportamiento serial, caníbales, etcétera, rara vez buscan una ganancia material, económica, ideológica o política de sus crímenes ya que generalmente ésta es circunstancial (Egger: 1990 y 2002): “no lo hice por el placer sexual, sino porque me gustaba someter a las mujeres” me dijo uno de los violadores seriales más longevos de nuestro país activo entre 1989 y 1991 en el Estado de México. Por tanto basta con que sus víctimas –que muy pocas veces son de oportunidad- cubran las características y el perfil del objeto de sus fantasías, para perpetrar el crimen. “Salir vivo de un ataque de alguien como nosotros”, me decía un asesino serial mexicano, “depende de eso que los norteamericanos llaman timing”, es decir, del estado mental que te convierte en depredador, o víctima en un momento determinado (Ramírez, 2015).

La historia del estudio de la violencia serial y la fantasía como uno de los factores característicos de esta condición y de los más importantes arroja evidencia de la cifra de agresores/as y víctimas de este fenómeno criminológico, pero también de que no se ha estudiado como fenómeno diferenciado. Aunque la serialidad es una condición psicológica que no es tema de la doctrina penal, es la explicación a la conducta delictiva de un tipo de violencia muy específico. Actualmente, los especialistas se han esforzado por lograr un consenso que no ha sido fácil en torno a su clasificación, comúnmente realizada a partir de la perspectiva de quien los comete, el propósito de los mismos y o del tipo de víctima.

No obstante, el parteaguas incómodo de toda metodología de clasificación ha sido la serie de preguntas clásicas de todos los tiempos. ¿Un delincuente serial nace o se hace? ¿Por qué lo hace? El consenso vigente va en el sentido de que los agresores violentos seriales “nacen y también se hacen”, y que cometen crímenes por diversas razones, pero para responder a estas dudas, criminólogos interesados en la violencia serial nos hemos dedicado por años a la investigación de agresores y agresoras en prisión, cuyos sobrenombres nos pueden resultar familiares: Goyo Cárdenas conocido como “El Chacal de Tacuba”, “El Pelón Sobera”, “Las Poquianchis”, “El Asesino del Machete”, “La Tamalera”, “La Narcosatánica”, “El Caníbal de Chihuahua”, “El Caníbal de Indaparapeo”, “El Coqueto”, “El Basílico”, El Caníbal de Playa del Carmen”, entre otros.

En la última década nos hemos dedicado al estudio de la violencia en sólo algunas de sus dimensiones como el secuestro y el narcotráfico, pero hemos dejado de lado un grupo especial de agresores y agresoras cuyos crímenes tienen alcances significativos para la sociedad y que además no persiguen una ganancia material, económica ni ideológica con sus actos. Aunado a esto, tanto la identificación como el tratamiento de las y los agresores seriales, que por sus particularidades representa desafío notable para nuestras autoridades, es prácticamente nulo al interior de los centros de reclusión. El grado de violencia de un crimen es indicador suficiente para determinar que el agresor difícilmente se detendrá en su carrera criminal (Ressler: 1992) y esto es indispensable para abordar el problema con urgencia y los recursos acertados.

La violencia serial constituye una parte significativa del crimen violento de cualquier sociedad y de la población privada de su libertad y nuestro país no es la excepción. Una investigación en determinados centros penitenciarios de la Ciudad de México (2012-2015) encontró que las cifras en materia de violencia serial en esta población ascendían a: 782 pedófilos, mil 227 violadores con características seriales de los tres mil 915 identificados (31.34 por ciento); 88 asesinos seriales de las tres mil 721 personas privadas de su libertad acusadas , procesados y sentenciados por homicidio (2.36 por ciento) y una cifra significativa de caníbales (Ramírez, 2015). 

La serialidad, además de no estar identificada como una condición de consecuencias y dimensiones importantes, carece de tipificación. Este tipo de delincuentes necesita un tratamiento especial orientado al manejo y control de su conducta criminal y, por su parte, la sociedad requiere de contar con información para reducir las probabilidades de ser una víctima de un agresor o agresora serial.

Mónica Ramírez Cano es maestra en Ciencias Penales con especialización en Criminología por el Instituto Nacional de Ciencias Penales (INACIPE).


1 Aunque no reconocida ni diferenciada por la Organización Mundial de la Salud (OMS) en su clasificación de la violencia.
2 Keppel, Robert & William J. Birnes (2009). Serial Violence: analysis of modus operandi and signature characteristics of killers. CRC Press. Estados Unidos de América; Vronsky, Peter (2004). Serial Killers, the Method and madness of monsters. Berkley Books. Estados Unidos de América y Vronsky, Peter (2007). Female Serial Killers. How and Why Women Become Monsters. Berkley Books. Estados Unidos de América.
3 Garrido, Vicente (2006). Curso: La técnica del perfil criminológico (Profiling) en la investigación y gestión de agresores seriales. 2ª edición. Universidad Católica de Valencia, España, año 2006-2007.
4 Los especialistas en la materia aseguran que las necesidades que buscan satisfacer este tipo de agresores no son materiales, sino emocionales, psicológicas y/o sexuales. El término psicológico, refiere los actos que implican en el individuo trastornos de personalidad, sexuales, de conducta o desórdenes mentales que están al servicio del desarrollo sexual y lo que éste necesita para satisfacerse. El término emocional, se relaciona con situaciones que envuelven los afectos, los sentimientos (rechazo, inseguridad, sentimiento de inferioridad, etcétera).
5 Esto es importante dado que usualmente se considera un asesino serial a aquel que “mata a dos o más personas” diferenciándolo así del “asesino de masas” que en un solo evento puede matar y herir a cientos de personas.
6 Si vives en Estados Unidos de América (EUA).
7 David Canter en 25 Cromwell Street Murders, Fred and Rosemary West.

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